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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las Puertas del Cielo

   Un guerrero, un samurai, fue a ver al Maestro Zen Hakuin y le preguntó: "¿Existe el infierno? ¿Existe el cielo? ¿Dónde están las puertas que llevan a ellos? ¿Por dónde puedo entrar?".
     Era un guerrero sencillo. Los guerreros siempre son sencillos, sin astucia en sus mentes, sin matemáticas. Sólo conocen dos cosas: la vida y la muerte. El no había venido a aprender ninguna doctrina; sólo quería saber dónde estaban las puertas, para poder evitar la del infierno y entrar en el cielo. Hakuin le respondió de un amanera que sólo un guerrero podía haber entendido.
"¿Quién eres?", le preguntó Hakuin.
"Soy un samurai", le respondió el guerrero. En Japón, ser un samurai es algo que da mucho prestigio. Quiere decir que se es un guerrero perfecto, un hombre que no dudaría un segundo en arriesgar su vida. "Soy un samurai, un jefe de samuráis. Hasta el Emperador mismo me respeta", dijo.
Hakuin se rió y contesto: "¿Un samurai, tú? Pareces un mendigo".
El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para qué había venido. Saco su espada y ya estaba a punto de matar a Hakuin cuando éste le dijo": Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta".
Esto es lo que un guerrero puede comprender. Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y Hakuin dijo: Aquí se abren las puertas del cielo".
El cielo y el infierno están dentro de ti. Ambas puertas están dentro de ti. Cuando te comportas de forma inconsciente, estás a las puertas del infierno; cuando estás alerta y consciente estas en las puertas del cielo.
La mente es el cielo, la mente es el infierno y la mente tiene la capacidad de convertirse en uno de ellos. Pero la gente sigue pensando que existe en alguna parte, fuera de ellos mismos… El cielo y el infierno no están al final de la vida, están aquí y ahora. A cada momento las puertas se abren…en un segundo se puede ir del infierno al cielo, del cielo al infierno.

Historia de miau

Historia de miau, un cuento zen.


Un samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta, el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos. Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.
Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
Todos los lugares y las circunstancias proferían miaus lacinantes.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido...
Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos, fue al templo a pedir consejo a un viejo maestro Zen.
-Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.
El Maestro le respondió:
-Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora. -Y añadió-: Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus sufrimientos.
El samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia. Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia el vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía su sable.
-Ha llegado el momento -le dijo-, empieza.
Lentamente, el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces, el maestro le preguntó:
-¿Oyes ahora los maullidos?
-Oh, no, ¡Ahora no!
-Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.
En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?

viernes, 2 de julio de 2010

Preguntas al Maestro Deshimaru

¿Qué diferencia hay entre el Buda y los bodhisattvas?

respuesta:
Es difícil de explicar. Tendria que dar toda una conferencia. E! bodhisattva es un Buda viviente.En el budismo Mahayana no se teme el infierno. En el cristianismo es el castigo supremo. En el Zen, cuando hay que ir al infeirno, se va. Si se estuviera siempre al lado de Buda, habría que hacer zazen constantemente y no se sería tan libre... ¡Ir al infierno es mejor! El monje Zen debe ir al infierno para salvar a los que sufren. El bodhisattva debe entrar en la suciedad de la sociedad, ¡Saltar no quiere decir caer! Caer o zambullirse voluntariamente en el Sena es totalmente diferente. Cuando uno cae en un río, sólo piensa en salvar su propia vida. Si se salta voluntariamente, se nada y se puede salvar al que se ahoga. Los bodhisattvas saltan al mundo social para ayudar. Las estatuas de Buda y las de los bodhisattvas son diferentes: Buda no tiene ningún adorno, mientras que los bodhisattvas los llevan. No necesitan cortarse el cabello, llevan las mismas ropas que los demás. Viven en la suciedad. No cambian su vida. Solamente son diferentes en el interior.A veces es necesario conocer el mundo de la suciedad. Un monje pasó su vida en prisión para ayudar a los prisioneros. Como su conducta era ejemplar, le soltaban rápidamente. Pero de nuevo volvía a cometer algún delito para que le encerraran en prisión. Al final no quedó ni un solo prisionero, excepto él.Un Maestro Zen fue durante toda su vida contable de una casa de geishas. Al final, las geishas se hicieron monjas (tal vez algunas monjas se hicieron también geishas... la historia no lo dice). Así es la vocación del bodhisattva. Los ejemplos son abundantes.