martes, 13 de octubre de 2009

Obama, Aído y la paz

Obama, Aído y la paz
12-10-09
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Carter, Gore, y ahora Obama. Los noruegos instructores del Nobel de la Paz padecen sin duda un extraño síndrome de Washington. Nada menos que dos presidentes y un vicepresidente USA en los últimos siete años han recibido el preciado galardón, que tanto contribuye al pacífico entendimiento entre los mandamases de las naciones de la Tierra. Claro, que si el noruego instituto concediera un Nobel de la Guerra, también sin dudarlo, otros tantos presidentes yanquis habrían copado los mismos: Reagan, Bush padre y, of course, Bush hijo. El dilucidar en realidad quién, clichés aparte, ha trabajado más y mejor por un mundo más libre, condición crucial para conseguir una paz que merezca ese nombre, no creo que a los noruegos instructores importe sobremanera.
La pedrea de nobeles de la Paz a demócratas presidentes norteamericanos refleja en primera instancia la amalgama de exagerada fascinación y repulsión simultáneas con que en buena parte de Europa se contempla a los USA. Ese bucle esquizoide de amor/odio hacia los USA, como si reunieran en sí la bondad y la maldad universales, impregna la visión europea, que rehuye de esta forma, bajo el brillo de ese bobo hechizo, la constatación de su patética mediocridad. Aquí lo ejemplifican los Goya, o Zapatero, despreciando su bandera un día y declamando luego que “la democracia americana ilumina el mundo”.
Ahora bien, el otorgar el Nobel de la Paz a un presidente en ejercicio ¡desde hace sólo nueve meses! sólo puede considerarse… una parida. Una parida propia de estos estultos tiempos, en los que las nociones de paciencia, ponderación y calma, como criterios con los que guiarse en la vida -no digamos si de lo que se trata es de analizar procesos históricos- se disuelven en una histérica confusión instantánea, en la que sobrenadan sin orden ni concierto toda suerte de fugaces y epidérmicas tracas vacías de sentido. Que una institución tan vetusta, tan supuestamente depositaria del saber tradicional, se contamine de este infantilismo regresivo y caprichoso, expresa bien a las claras la nota distintiva de los tiempos que vivimos. Se entiende así, con la voladura de la lógica, con el desplome de la perspectiva y de la maduración que sólo el tiempo puede dar y que a diario comprobamos a nuestro alrededor, este Nobel de Obama, y tantas otras cosas, como que Aído pase en un parpadeo, como una ganadora más de OT -ella, del favor de ZP- de un centro de flamenco al consejo de Ministros.
Ungido así Obama urbi et orbe del noruego óleo de la Paz, ¿importa algo el hecho inapelable de que hasta ahora Obama haya ordenado el acarreo de más tropas y más bombardeos, de que haya exigido a los aliados más soldados para enfrentar la terrible guerra de Afganistán? ¿O hemos de ver en este premio una parida, sí, pero también una manzana envenenada que le tiende la madrastra seudopacifista, en el crítico momento en el que Blancanieves-Obama decide qué hacer con una guerra que se está perdiendo y en la que hay tanto en juego?
Deshonroso contrasentido el que lleva consigo este premio Nobel de la Paz, concedido a Obama sólo dos días después de que se negara a recibir al Dalai Lama, ¡también premio Nobel de la Paz!, y lo que es más importante, representante de una nación masacrada por un régimen genocida, que celebra tan a gustito su sesenta aniversario despótico, y con el que Obama parece querer llevarse bien. Que lo comparta entonces con Hu Jintao, tan pacifista también.

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